Desde Windows XP hasta Windows 11: evolución, rendimiento y compatibilidad

Última actualización: 26 de enero de 2026
  • La comparativa en el mismo hardware muestra a Windows 8.1 como el sistema más rápido y eficiente, con Windows 11 a la cola en muchas pruebas.
  • Windows 11 está claramente orientado a hardware moderno con SSD y mucha RAM, mientras que XP, 7 y 8.1 rinden mejor en equipos antiguos.
  • La historia de Windows refleja una alternancia entre versiones ligeras y optimizadas y otras más pesadas, con un creciente consumo de recursos.
  • El modo compatibilidad de Windows 10 y 11 permite rescatar parte del software clásico, aunque con limitaciones en drivers, seguridad y apps de 16 bits.

Evolución de Windows desde XP hasta Windows 11

Desde que Microsoft decidió anunciar el final del soporte de Windows 10, muchísima gente se ha visto con la espalda contra la pared: o apostar por Windows 11 con sus nuevos requisitos y cambios, o romper con la costumbre y saltar a Linux u otras alternativas. Para quienes tenían ediciones especiales como Windows 10 LTSC o versiones con seguridad extendida, la presión ha sido menor, pero para el resto la sensación ha sido más de obligación que de auténtico entusiasmo.

En medio de este contexto ha aparecido una comparativa muy jugosa que enfrenta, en el mismo hardware, a seis generaciones de Windows: desde el veterano Windows XP hasta el actual Windows 11. Este experimento no solo mide el rendimiento bruto, sino también el consumo de recursos, la duración de batería, la fluidez en tareas reales y hasta la capacidad para abrir montones de pestañas en el navegador, permitiendo hacerse una idea bastante clara de cómo ha evolucionado Windows en 25 años y cuál es hoy el sistema más ágil en máquinas modestas.

Una comparativa real: de Windows XP a Windows 11 en el mismo portátil

Comparativa desde Windows XP hasta Windows 11

El youtuber TrigrZolt se ha currado una prueba nada habitual: preparar seis Lenovo ThinkPad X220, todos con el mismo hardware, e instalar en cada uno una versión distinta de Windows: XP, Vista, 7, 8.1, 10 y 11. De esta manera se asegura que las diferencias de rendimiento se deben, sobre todo, al sistema operativo y no al equipo.

Cada uno de estos portátiles monta un Intel Core i5-2520M de segunda generación, 8 GB de RAM, gráficos integrados Intel HD 3000 y un disco duro de 256 GB de tipo mecánico. Este detalle es clave: al usar un HDD clásico y no un SSD, se pone a prueba cómo se comportan los sistemas modernos en un entorno que no está optimizado para ellos, pero que sí es compatible con Windows XP.

Para que los resultados tengan sentido, todas las versiones de Windows utilizadas fueron actualizadas al máximo disponible para cada una de ellas antes de ejecutar las pruebas. Además, se instalaron las mismas aplicaciones y se aplicaron configuraciones equivalentes para garantizar que cada sistema peleara en condiciones similares.

El propio creador del experimento reconoce que no se trata de un test perfecto ni un benchmark de laboratorio, pero sí es lo bastante sistemático como para extraer tendencias muy claras sobre el rendimiento y la eficiencia de cada generación de Windows cuando deja de contar con la fuerza bruta del hardware moderno.

Arranque, almacenamiento y RAM: Windows 8.1 se luce, Windows 11 se hunde

Una de las primeras pruebas que se llevó a cabo fue la medición del tiempo de arranque. Aquí podría pensarse que el más ligero, Windows XP, barrería, pero el resultado va por otro lado: el sistema que llega antes a un estado utilizable es Windows 8.1. Esto se debe, sobre todo, a la función de “Arranque rápido”, que guarda parte del contenido de la RAM en el disco al apagar y lo recupera en el siguiente encendido, acortando mucho el proceso.

Detrás de Windows 8.1 se coloca Windows 10, que también aprovecha ese inicio híbrido, quedando en tiempos similares a Windows XP. Más atrás aparecen Windows 7 y Windows Vista, lastrados por no contar con esta tecnología. Pero lo preocupante llega con Windows 11, que, aun pudiendo llegar al escritorio con cierta rapidez, tarda más en poner en marcha la barra de tareas y los iconos, lo que en la práctica se traduce en una arrancada más lenta que el resto.

En espacio de almacenamiento, la fotografía es muy clara: el sistema que menos ocupa con el conjunto de apps de prueba es Windows XP, con unos 18,9 GB. A continuación se sitúa otra vez Windows 8.1, con unos 27,9 GB, que consigue ser más contenido incluso que Windows Vista, su “hermano mayor” en cuanto a época. Por contra, Windows 7 se lleva el dudoso honor de ser el que más traga disco, con unos 44,6 GB, mientras que Windows 10, Vista y 11 rondan los 37 GB.

Si pasamos al uso de memoria RAM en reposo, los resultados van en la misma línea. El más austero es, como cabía esperar, Windows XP, que apenas consume 0,8 GB recién iniciado. Después aparece de nuevo Windows 8.1, con unos 1,3 GB; le sigue Windows 7 con 1,4 GB; Windows Vista con 1,5 GB; Windows 10 ya sube hasta 2,3 GB y Windows 11 se dispara a 3,3 GB solo por estar encendido, con todos sus servicios, widgets y telemetría de fondo.

Multitarea y navegador: cuando la RAM se convierte en cuello de botella

Para medir de forma más realista cómo gestiona cada sistema los recursos en multitarea, el youtuber utilizó un navegador compatible con todas esas versiones de Windows llamado Supermium. La idea fue ir abriendo pestañas hasta llenar unos 5 GB de RAM, observando cuántas ventanas soportaba cada sistema antes de colapsar.

En esta prueba quedó muy a la vista el problema de Windows 11 con la gestión de memoria. El último sistema de Microsoft solo aguantó 49 pestañas abiertas antes de venirse abajo, obteniendo el peor resultado de todos. Justo por encima se situó Windows XP, capaz de abrir unas 50 pestañas, probablemente limitado por su forma antigua de manejar la memoria virtual.

El contraste llega con los demás sistemas: Windows 7, Vista, 10 y, sobre todo, Windows 8.1, superan de largo la centena de pestañas, y es precisamente 8.1 quien vuelve a llevarse la corona, alcanzando 252 pestañas abiertas en Supermium antes de saturar la memoria. Esta diferencia deja en evidencia que, en equipos con 8 GB de RAM, Windows 11 no es precisamente el rey de la multitarea.

Este comportamiento encaja con la realidad que muchos usuarios viven en el día a día: con 8 GB de RAM y un disco duro mecánico, Windows 11 se siente pesado y torpe, especialmente cuando se combina navegación web intensiva con otras aplicaciones abiertas. La propia prueba viene a reforzar la idea de que, aunque Microsoft marque 4 GB de RAM como mínimo oficial, en la práctica Windows 11 pide como poco 16 GB de memoria RAM para ofrecer una experiencia cómoda, sobre todo si se combina con un SSD moderno.

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Batería, tareas reales y benchmarks: XP y 8.1 sacan músculo

Otra parte interesante del experimento se centró en la duración de batería. Aquí podría esperarse una gran diferencia entre sistemas, pero los resultados fueron muy parejos. Aun así, el vencedor fue Windows XP, mientras que el último de la fila volvió a ser Windows 11. Sin embargo, la brecha fue tan solo de unos dos minutos, algo que demuestra que, al menos en este hardware concreto, la autonomía no se ve tan influida por el sistema como por otros factores.

Cuando se pasa a pruebas de uso real, como la exportación de un archivo de audio con Audacity, Windows 11 tampoco brilla: quedó en la quinta posición. En la exportación de vídeo, curiosamente, Windows 10 se mostró como el más rápido, lo que encaja con su buena reputación en equipos de la última década, siempre que cuenten con un hardware razonablemente moderno.

En el test de apertura de programas y utilidades básicas (gestor de archivos, MS Paint, visor de vídeos o carga de sitios web, incluida la propia página de inicio de sesión de Microsoft), Windows 11 volvió a quedar en la parte baja de la tabla: fue el más lento al abrir el explorador de archivos, el último en lanzar Paint y también el peor al iniciar vídeos y cargar páginas web. Incluso Windows Vista y Windows 7 logran adelantarse en varias de estas tareas.

Los benchmarks sintéticos también ofrecen detalles curiosos. En CPU-Z, el mejor rendimiento de un solo núcleo lo obtuvo Windows XP, mientras que en la prueba multinúcleo de CPU-Z el ganador fue Windows 7. En Geekbench, quien se impuso fue Windows Vista, y en CrystalDiskMark volvió a sobresalir Windows XP, evidenciando menos sobrecarga en el acceso a disco. Por su parte, en Cinebench la victoria fue para Windows 8.1, reforzando de nuevo la idea de que este sistema estaba especialmente optimizado para sacar partido al hardware de su época.

Windows 8.1, el inesperado campeón… pero con fecha de caducidad

Sumando todos los resultados de la comparativa, el veredicto del creador es claro: el ganador global es Windows 8.1, que domina en arranque, gestión de RAM en multitarea y varios benchmarks, y se mantiene competitivo en prácticas cotidianas. Por el contrario, Windows 11 sale muy mal parado, ya que en muchas pruebas ocupa la última posición, remarcando su mala relación con el hardware antiguo y con los discos duros mecánicos.

Ahora bien, el propio youtuber avisa de algo importante: a pesar de sus buenos números, no recomienda usar Windows 8.1 en 2026 porque es un sistema ya retirado, sin soporte oficial ni parches de seguridad. Es decir, puede ir muy rápido, pero también te deja expuesto a vulnerabilidades que ya no se corrigen, algo poco responsable si el equipo se conecta a Internet de forma habitual.

También hay que tener en cuenta que toda la comparativa se ha hecho sobre portátiles antiguos con HDD y sin SSD. Este detalle penaliza sobre todo a Windows 10 y Windows 11, que están diseñados pensando en unidades de estado sólido rápidas y en procesadores mucho más actuales. En un PC moderno con SSD NVMe, buenas CPUs y 16 GB de RAM o más, la película cambia bastante y Windows 11 puede sentirse muy ágil.

Aun con esas salvedades, el experimento resulta muy ilustrativo: demuestra de forma práctica que el software moderno tiende a desaprovechar los recursos y a confiar en que el hardware suplirá la falta de optimización. Hace años se afinaba cada byte y cada ciclo de CPU; hoy, con equipos cada vez más potentes, el sistema operativo y muchas aplicaciones se permiten lujos que se traducen en peso, lentitud e ineficiencia en hardware modesto.

Qué nos cuenta esta prueba sobre la filosofía de Windows 11

Más allá de los tiempos de arranque o de lo que tarda en abrir Paint, esta comparativa deja claro que Windows 11 está pensado para PCs modernos. Requiere TPM 2.0 para instalar Windows 11, CPUs relativamente recientes y, aunque en la ficha oficial aparezcan 4 GB de RAM como mínimo, todo apunta a que esa cifra es más teórica que otra cosa si se quiere trabajar sin frustración.

En equipos nuevos con procesadores actuales y SSD rápidos, Windows 11 puede volar: arranca en segundos, abre aplicaciones al instante y aprovecha mejor los núcleos y las instrucciones más recientes. El problema llega cuando intentamos mantener con vida un portátil de hace más de diez años con un HDD, aunque cumpla formalmente los requisitos. En este entorno, la experiencia pasa a ser lenta, y la sensación de “ir arrastrando el sistema” es constante.

Los resultados también apuntan a que, en términos de diseño, Windows 11 arrastra mucha carga de procesos en segundo plano: servicios de telemetría, integración con la nube, widgets, efectos visuales y un explorador mucho más complejo que el de hace años, todo eso suma consumo de RAM y ciclos de CPU, visibles en el Administrador de tareas, que en un i5 de segunda generación y un disco mecánico se notan más de la cuenta.

Por otro lado, la comparativa refuerza la idea de que Windows 10 sigue siendo una opción muy equilibrada para quienes no quieran o no puedan dar el salto a Windows 11 todavía; además, herramientas como PowerToys ayudan a mejorar la productividad y la gestión en equipos medios.

Recorrido histórico: de Windows 1.0 a Windows 11

Aprovechando la excusa de comparar desde Windows XP hasta Windows 11, merece la pena echar un vistazo rápido a la evolución de Windows desde sus inicios, porque muchas de las decisiones de diseño actuales vienen de muy atrás. La historia arranca en 1985 con Windows 1.0, un entorno gráfico que funcionaba sobre MS-DOS y que permitía abrir varias aplicaciones como el bloc de notas, el reloj, la calculadora, un calendario o el juego Reversi. Eso sí, las ventanas no podían superponerse: se colocaban unas al lado de otras.

En 1987 llegó Windows 2.0, también sobre MS-DOS, que introdujo el soporte para ventanas superpuestas y multitarea básica. Mantenía las mismas aplicaciones que su antecesor, pero con el tiempo fue recibiendo soporte para programas tan icónicos como Microsoft Word y Excel. Pese a estas mejoras, no tuvo una adopción masiva.

El salto importante se dio con Windows 3.0 en 1990, que apostó por una interfaz más variada y reemplazó el antiguo ejecutable de MS-DOS por el Administrador de programas, el Administrador de archivos y la Lista de tareas. Se añadieron aplicaciones como Paint y el legendario Solitario, que se convertiría en un clásico para matar el tiempo frente al PC.

Dentro de esa misma generación, en 1992 apareció Windows 3.1, que incorporó fuentes TrueType como Times New Roman y Arial, mejoró iconos e interfaz, añadió soporte para arrastrar y soltar y sustituyó Reversi por el Buscaminas. Eso sí, ya empezaba a exigir un mínimo de hardware algo más serio para la época: procesador Intel 80286 y 1 MB de RAM.

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El salto a Windows NT y la consolidación del escritorio clásico

Hasta principios de los 90, Windows vivía pegado a MS-DOS, pero en 1993 nació Windows NT 3.x, el primer sistema de la casa concebido como SO completo de 32 bits, con su propio núcleo y sin depender del DOS para funcionar. Podía ejecutarse en procesadores Intel x86, DEC Alpha o MIPS y pedía ya 12 MB de RAM y una tarjeta VGA como requisitos mínimos.

Windows NT 3.x incorporó funciones que hoy damos por hechas, como el Monitor de rendimiento o el Administrador de discos, y sentó las bases de la arquitectura que seguimos utilizando en las versiones actuales de Windows. A partir de ahí, las ramas de escritorio y servidor irían evolucionando de la mano, aunque con ritmos y prioridades distintas.

La gran revolución de cara al usuario llegó con Windows 95 y Windows NT 4.0, lanzados en 1995 y 1996 respectivamente. Introdujeron la barra de tareas y el menú Inicio, conceptos que han marcado por completo la forma de usar un PC. El escritorio empezó a llenarse de iconos de acceso directo, se añadió el Explorador de Windows sustituyendo al antiguo Administrador de archivos, y apareció la Papelera de reciclaje, junto con carpetas como “Documentos”. Más adelante se integraría Internet Explorer, empujando la llegada de Internet a millones de hogares.

En 1998 vio la luz Windows 98, que tomó el testigo de Windows 95 mejorando soporte de hardware y afinando detalles de interfaz. Incluyó Internet Explorer integrado, Outlook Express y Microsoft Chat, además de permitir minimizar ventanas con más comodidad y sacar partido a los nuevos periféricos de la época.

A caballo entre dos mundos aparecieron Windows Me y Windows 2000. Windows Me, orientado al usuario doméstico y aún ligado a MS-DOS, y Windows 2000, basado en NT y destinado principalmente al entorno profesional. Este último adoptó muchas características de Windows 98 pero añadió herramientas de administración como la consola de Administrador de equipos, nuevas opciones de accesibilidad (teclado en pantalla, narrador) y un explorador de Windows más moderno con barra de herramientas personalizable.

De XP a 7: la edad dorada del escritorio clásico

En 2001 llegó Windows XP, aunque muchos recuerdan su consolidación y lanzamiento comercial pleno en torno a 2003. Fue el primer Windows de consumo construido íntegramente sobre la base de NT, dejando definitivamente atrás la herencia de MS-DOS en el escritorio doméstico. Su interfaz, con el famoso fondo de pantalla verde y azul, se volvió icónica y fácilmente reconocible en todo el mundo.

Windows XP integró nuevas funciones y aplicaciones, mejoró sensiblemente la estabilidad y el rendimiento con respecto a versiones anteriores y, con el tiempo, se convirtió en uno de los sistemas operativos más exitosos de Microsoft. El lanzamiento del Service Pack 3, por ejemplo, llegó a convertirse en requisito para poder ejecutar muchos programas, mostrando cómo incluso dentro de la misma versión se producían cambios de compatibilidad importantes.

Tras XP, Microsoft lanzó Windows Vista, cuyo desarrollo terminó en 2006 y llegó al público en 2007. Vista apostó fuerte por el diseño visual, con el entorno Aero, transparencias y animaciones por todas partes. Sin embargo, su rendimiento y consumo de recursos dejaron mucho que desear, provocando una recepción muy fría entre los usuarios, especialmente si se comparaba con la ligereza y estabilidad de XP.

Entre las críticas más repetidas a Vista se encontraba el Control de cuentas de usuario (UAC), que inundaba la pantalla con avisos de seguridad cada vez que se intentaba hacer algo mínimamente sensible en el sistema. Aunque muchas de estas cuestiones se arreglaron después con actualizaciones, la mala fama de Vista se quedó para siempre y condicionó las decisiones de diseño del siguiente Windows.

Ese siguiente paso fue Windows 7, lanzado en octubre de 2009 y recibido como el gran salvavidas tras el fiasco de Vista. Visualmente heredaba buena parte del estilo de su antecesor, pero limaba aristas y pulía la barra de tareas, que pasó a integrar iconos fijados e Inicio Rápido en un único lugar. El rendimiento mejoró considerablemente, los requisitos eran asumibles y muchos consideraron a Windows 7 como el verdadero sucesor de XP, lo que explica su enorme éxito y su larga vida útil.

Windows 8, 8.1, 10 y 11: táctil, servicios y salto a la nube

En octubre de 2012 apareció Windows 8, un cambio de rumbo radical. Microsoft quiso adaptar Windows a la moda de las pantallas táctiles y los tablets, y rediseñó la interfaz por completo, apostando por los mosaicos y la pantalla de Inicio a pantalla completa. El menú de inicio clásico desapareció, lo que dividió a los usuarios entre quienes agradecían la innovación y quienes echaban de menos la forma tradicional de usar el PC.

Windows 8 introdujo la Tienda Windows para instalar aplicaciones modernas, integró OneDrive para facilitar el acceso a archivos en la nube y renovó el Explorador de Windows con una cinta de opciones al estilo Office. Sin embargo, sus aplicaciones “modernas”, pensadas para usarse a pantalla completa o en mosaico, limitaban bastante la multitarea clásica en escritorio, lo que generó bastantes críticas.

Para corregir parte de ese rechazo, en 2013 se lanzó Windows 8.1 como una actualización gratuita que mejoraba ajustes, devolvía cierta lógica al manejo con ratón y teclado y añadía nuevas opciones para ajustar el tamaño de las apps, usar múltiples monitores y recuperar elementos queridos del escritorio. Aunque nunca llegó a enamorar al gran público, como hemos visto en la comparativa de rendimiento, resultó ser uno de los sistemas mejor optimizados de la historia de Windows, algo que en su momento pasó bastante desapercibido.

En 2015 llegó Windows 10, presentado casi como “la versión definitiva” de Windows. Volvió a traer el menú de inicio clásico, pero mezclado con mosaicos al estilo Windows 8. Introdujo la filosofía de “Windows como servicio”, con actualizaciones frecuentes que iban añadiendo funciones y cambiando el comportamiento del sistema. Entre las novedades más celebradas se incluyó el modo oscuro, que hoy es prácticamente imprescindible para muchos.

Windows 10 logró un equilibrio bastante bueno: compatibilidad con aplicaciones clásicas, soporte para software moderno, rendimiento sólido en hardware medio y una base de usuarios gigantesca. Por eso, a día de hoy sigue siendo el sistema dominante en muchos hogares y oficinas, y la resistencia de parte de sus usuarios a migrar a Windows 11 está más que justificada.

Finalmente, en octubre de 2021 se lanzó Windows 11, concebido como la gran puesta al día visual de Windows. La interfaz se renovó por completo: barra de tareas centrada, menú de inicio rediseñado, apps del sistema remozadas y una fuerte integración con servicios en la nube e incluso con IA en algunas funciones. La actualización es gratuita para PCs compatibles, pero los requisitos mínimos de hardware han subido de manera notable, dejando fuera a muchos equipos que aún podrían rendir perfectamente.

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Windows 11 seguirá recibiendo actualizaciones anuales que añadirán nuevas funciones, incluidas características de inteligencia artificial también accesibles desde Windows 10, aunque el gran problema sigue siendo el mismo: el soporte. A medida que avancen los años, el foco se irá centrando en Windows 11, y quienes no den el salto acabarán con un sistema cada vez menos actualizado, tal y como ya ha pasado con XP, 7 y 8.1.

Compatibilidad: cómo sobrevivir hoy con software de la era XP

Aunque los sistemas cambien, muchos usuarios siguen necesitando ejecutar software antiguo, especialmente juegos o aplicaciones específicas que nunca han recibido versiones modernas. Lo que no todo el mundo sabe es que, desde la época de Windows XP, el sistema cuenta con una capa de Modo Compatibilidad que permite intentar poner en marcha estos programas en versiones recientes como Windows 10 y Windows 11, sin necesidad de recurrir de primeras a máquinas virtuales.

En teoría, cada nueva versión de Windows debería mantener la compatibilidad hacia atrás, pero en la práctica no siempre es así: al intentar ejecutar programas muy viejos en un PC moderno es habitual encontrarse errores, bloqueos o directamente que no se abran. La compatibilidad nativa se ha ido ajustando con el tiempo, y en la actualidad Windows 10 y 11 ofrecen soporte hasta aproximadamente la época de Windows Vista de forma más directa, sobre todo porque las diferencias con XP son más bien estéticas y no tanto de base técnica.

Para intentar que una aplicación diseñada para XP funcione en Windows 10 u 11, se puede usar la pestaña de Compatibilidad en las propiedades del ejecutable. Basta con localizar el .exe o el acceso directo del programa, hacer clic derecho, entrar en Propiedades y abrir la pestaña Compatibilidad. Allí se puede marcar la casilla “Ejecutar este programa en modo compatibilidad para” y escoger de la lista un sistema anterior.

En muchos casos, seleccionar Windows Vista como sistema objetivo funciona bien, ya que es una base cercana a XP pero más alineada con el núcleo que usan 10 y 11. Si así no se soluciona, se pueden probar otros modos (XP SP3, por ejemplo) o activar ajustes adicionales como “Ejecutar como administrador”, deshabilitar optimizaciones de pantalla completa o limitar la profundidad de color, sobre todo en juegos antiguos.

Si no se tiene claro qué ajuste elegir, Windows incluye un solucionador de problemas de compatibilidad al que se accede desde esa misma pestaña. El asistente pruebe configuraciones recomendadas automáticamente y puede ahorrar tiempo antes de empezar a tocar opciones a mano. Aun así, conviene asumir que no existe una garantía del 100 %: hay programas que, directamente, no van a funcionar en Windows moderno.

Ejemplos, límites del modo compatibilidad y alternativas

Hay muchos clásicos que, gracias al Modo Compatibilidad, aún se pueden disfrutar en equipos con Windows 11. Por ejemplo, Age of Empires II en su versión original suele dar problemas en sistemas nuevos, pero puede volver a la vida si se ejecuta en modo compatibilidad con Windows XP SP3, se limita el color a 16 bits y se desactivan las optimizaciones de pantalla completa.

Otro caso es Diablo II, que depende de DirectX 8 y de resoluciones antiguas. En Windows nuevos tiende a fallar, pero configurando compatibilidad con Windows 98 o XP SP3 y fijando una resolución de 800×600 es posible arrancarlo de nuevo. Juegos incluso más viejos, como Fallout 2 (de 1998), requieren compatibilidad con Windows 95/98 y, en muchos casos, parches comunitarios adicionales para afinar velocidad y corregir fallos gráficos.

También hay software profesional afectado, como las viejas versiones de Adobe Photoshop CS2-CS5, que pueden no llevarse bien con controladores modernos o con ciertas APIs gráficas actuales. En estos casos, el Modo Compatibilidad con Windows XP SP3, junto con la desactivación de temas visuales, la ejecución como administrador y alguna limitación de color, puede permitir seguir utilizando esos programas en Windows 10 u 11.

No obstante, este truco tiene límites claros. Por un lado, Windows 10 y 11 ya no incluyen el subsistema NTVDM (NT Virtual DOS Machine), que servía para ejecutar aplicaciones de 16 bits. Esto significa que programas diseñados para MS-DOS o para Windows 3.x no se pueden ejecutar de forma directa a través del modo compatibilidad, y requieren soluciones como DOSBox o máquinas virtuales especializadas.

Por otro lado, están los drivers antiguos. Aunque se active el modo compatibilidad en el ejecutable, los controladores de hardware escritos para XP, Vista o 7 pueden ser totalmente incompatibles con el núcleo de Windows 10 y 11. Además, las actuales restricciones de seguridad impiden que aplicaciones viejas accedan libremente al registro, a carpetas protegidas o a funciones del sistema que hoy están bloqueadas, por lo que el programa puede fallar o cerrarse sin más.

Por último, muchos títulos dependen de librerías obsoletas (versiones concretas de DirectX, Visual Basic 6, .NET, etc.) que pueden no estar presentes de serie en Windows moderno. A veces basta con instalarlas manualmente; otras, ni con esas. En estos casos suele ser mejor optar por una solución más robusta: máquinas virtuales con Windows XP o Windows 7 para ejecutar allí todo el entorno antiguo, o emuladores como DOSBox para software de MS-DOS y Windows 3.x.

Visto todo lo anterior, desde los primeros Windows basados en MS-DOS hasta las pruebas actuales que dejan en evidencia la pesadez de Windows 11 en hardware antiguo, queda bastante claro que la evolución de este sistema operativo ha sido tan fascinante como irregular: versiones muy optimizadas como XP, 7 u 8.1 conviven en la memoria colectiva con otras más torpes, y la comparativa de TrigrZolt sirve como recordatorio de que, por mucha potencia que tengamos en el PC, el software bien diseñado y eficiente sigue marcando la diferencia.

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